AÑO VIEJO, VIDA NUEVA.

Celebraciones del final​

Por: Alejandra Yepes

Ilustración 1. Relieve que muestra un calendario solar en el Antiguo Egipto (autor desconocido).

En nuestra cultura, la fiesta de Año Nuevo no comienza en realidad el 1 de enero, que sería su fecha oficial. Es el 31 de diciembre cuando convocamos a nuestros seres queridos, o reservamos un lugar en algún evento masivo, nos vestimos para la ocasión y comenzamos a poner en marcha nuestros rituales agoreros. El “¡Belisario!” que gritamos a las 12 de la noche no suele ser el inicio de la fiesta, sino el final, la noche del 31 más que la madrugada del 1. Se impone entonces la pregunta: ¿qué es lo que celebramos, el inicio o el final? ¿Cómo se relacionan ambas partes? Sigue leyendo para descubrirlo.

Algunas de las primeras celebraciones documentadas del año nuevo ocurrieron en Babilonia alrededor del año 2000 antes de nuestra era, cuando la primera luna nueva después del equinoccio de primavera marcaba el inicio de un nuevo ciclo de estaciones. Esta celebración estaba tan estrechamente relacionada con el cultivo de la cebada que hasta llevaba su nombre, Akitu. En consecuencia, involucraba también actos de compartir comida y bebida, danza y música. Sin embargo, esta fiesta tenía una dimensión religiosa que acompañaba a la pragmática: durante sus once días, se consideraba que el dios Marduk, protector de la ciudad, libraba una batalla contra la diosa del océano, Tiamat, que representaba también el caos. Marduk salía siempre victorioso gracias al servicio de sus sacerdotes y su pueblo, y por esta razón bendecía sus cosechas al garantizar el pasar de las estaciones. Lo curioso es que a pesar de que el pueblo conociera este ciclo muy bien, al llegar su final, tres de los once días de la fiesta los dedicaba a entonar oraciones tristes, cargadas de miedo, incertidumbre y lamentaciones de lo perdido en ese período de tiempo.

En otras culturas antiguas, con calendarios solares o lunares, el primer día del año podía coincidir con el equinoccio de otoño, como era el caso de Asiria, Fenicia, Egipto y Persia; mientras que en otras se identificaba con el solsticio de invierno, como en la Grecia antigua. La primera designación del 1 de enero con el inicio del año provino del calendario juliano, instituido por el emperador romano Julio César. Algunas fuentes sugieren que esta fiesta pudo estar relacionada con el dios Jano, cuyas dos caras miran en direcciones opuestas que representarían el pasado y el futuro. Otras tradiciones religiosas alrededor del mundo ubican sus fechas de año nuevo en torno a eventos canónicos que en alguna medida coinciden con fenómenos naturales relacionados con las estaciones.

Podemos observar entonces un patrón: el tiempo pasa, el paisaje cambia, el calendario se agota y es necesario dar por finalizado un ciclo para comenzar uno nuevo. Este proceso es complejo, pues como la mirada de Jano, va en dos direcciones. Por un lado se ocupa del porvenir, pide fortuna, manifiesta deseos y esperanzas, proyecta una vida nueva y que más alegres los días serán. Por otro lado, reflexiona sobre lo ocurrido durante el ciclo, hace una especie de balance entre lo bueno, lo malo y lo feo. Trae consigo gráficas, tablas, informes y diagramas de flujo que resumen el año viejo, y permiten así compararlo con los anteriores. Si cierta plataforma de streaming de música nos dice: “Tu artista más escuchada del año fue Taylor Swift”; quizá se nos ocurra responder con una afirmación como: “Claro, igual que el año pasado. Ha sido mi favorita toda mi vida”. Si, como es tradición desde 2008, el próximo 31 de diciembre asistimos al Gran Concierto de Fin de Año de Fosbo, reconoceremos en él una celebración del amor como tema universal y con un lenguaje ya conocido, presente toda la vida: el histrionismo que acompaña a la fiesta, la exaltación de sentimientos intensos, el recuerdo de amores pasados y los deseos que hemos manifestado una y otra vez como si fueran todas la primera. Así es como el ciclo que termina nos da un sentido de integración.

Ilustración 2. Jano, el dios romano de los finales y los inicios (Sebastian Münster, 1150).

Este carácter bidireccional que tiene la celebración del paso de un ciclo al otro desdibuja las atribuciones de sentimientos. Un nuevo año, dependiendo de las expectativas que le asignemos, puede ser motivo de alegría o de miedo. El año viejo nos presenta las alegrías y tristezas que imaginamos que nos trajo, y unas considerables ansias de resolución. Si año nuevo, vida nueva; entonces año viejo, vida vieja. Y sin embargo, el Gran Concierto de Fin de Año implica una exaltación de los clásicos, de lo que se ubica en el pasado, y por lo tanto, de lo que en este momento debe morir para dar lugar a lo nuevo. ¿Cómo es eso de alegrarse porque lo bueno termina? Parece contraintuitivo, pero esta tradición lo evidencia. La banda de rock estadounidense Red Hot Chili Peppers afirma en su canción Californication (2000): “La destrucción lleva a un camino muy duro, pero también engendra creación”. Y la psicoanalista rusa Sabina.

Spielrein presentó una explicación de lo que implica esto para la psicología humana en su artículo La destrucción como causa del devenir (1912): “Si esta destrucción en particular se pone al servicio de la nueva creación, entonces es deseada por el individuo”. Esta es la semilla del concepto posteriormente desarrollado por Sigmund Freud como “pulsión de muerte y de destrucción”. 

Aunque este término pueda sonar incómodo, se desglosa en un deseo de cambio, condición necesaria para crecer. Año a año, mes a mes, día a día y en la sucesión de cualquier marco temporal que elijamos contemplar, experimentamos vivencias, emociones, adquirimos conocimiento, forjamos unos vínculos y disolvemos otros. Toda esta experiencia de vida individual y colectiva, pragmática, estética y espiritual, pasa a conformar el acervo de nuestros motivos para celebrar y lamentarnos. Basta ver una lista de reproducción típica de estas fechas en nuestro país para constatar cómo coexisten perfectamente la tristeza con la alegría, la euforia con la nostalgia, y sobre todo, un proceso muy íntimo de cambio con una tendencia a la juntanza para vivirlo colectivamente. El mejor resumen quizá sea el de El Gran Combo de Puerto Rico: “Si el año pasado tuvimos problemas, quizás este año tengamos más. Pero no se apuren, que la Navidad a la vuelta’e la esquina está”. Por muchos años más de música y cultura, ¡felices fiestas!

Ilustración 3. Bhavachakra, representación gráfica del samsara. Muestra el ciclo de nacimiento, muerte y reencarnación (Nagarjun Kandukuru, 2014)

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