Amy Beach y Florence Price: mujeres y lo no europeo en la historia de la música

Por: Alejandra Yepes Girón

¿Sabes cuál fue la primera mujer en estrenar una sinfonía en América? ¿Y la primera mujer negra cuya música fue tocada por una orquesta de gran formato en los Estados Unidos? Estos y otros nombres de compositoras no se mencionan mucho cuando se habla de música clásica o académica, aunque sus historias tengan algunos aspectos en común con las de otros compositores conocidos provenientes de Europa. Sigue leyendo para saber más sobre estas mujeres y su legado musical.

La historia de la música académica occidental se cuenta con frecuencia en torno a nombres particulares que se han vuelto ampliamente conocidos, en su mayoría compositores. Palestrina, Vivaldi, Bach, Haydn, Mozart, Beethoven encabezan una lista que se extiende por todo el continente europeo, cruza el Océano Atlántico y llega hasta América con la expansión colonial. Dos cosas son llamativas en esa lista de nombres reconocidos. En primer lugar, para cada uno de ellos es fácil encontrar un nexo que le proporcionó validación en algún centro urbano de la Europa continental. Ya fuera una relación de enseñanza y aprendizaje, de mecenazgo o incluso de tipo personal, el reconocimiento profesional estaría situado en el territorio europeo primero, y desde allí podría extenderse su validez.

Por esta razón, a lo largo de los siglos XIX y XX fue usual que los músicos con talento, un interés por la composición y la posición social para estudiarla se trasladaran desde países americanos a Europa para formarse con figuras ilustres de la composición radicadas allí. No obstante, no todas las personas que cumplían con ese perfil pudieron impulsar su carrera de esta manera. El segundo aspecto llamativo de la lista de nombres más reconocidos en la historia de la música occidental nos da una pista de cuál pudo ser un factor limitante para ello: escasean en ella los nombres de mujeres. Entre el siglo XIX y el XX, las concepciones sobre los roles de género en Europa y en América no contemplaban la música como una profesión adecuada para las mujeres, sino, en palabras de Fanny Mendelssohn, como un ornamento. Esta restricción profesional redundaba en una dificultad para acceder a estudios avanzados, en centros de formación y con maestros reconocidos en Europa. Sin embargo, sabemos que esto no significa que no hubiese mujeres componiendo música con recursos académicos.

Los casos de dos compositoras estadounidenses pueden mostrarnos maneras diversas en las cuales las mujeres han podido reclamar el título de compositoras e intérpretes profesionales en un entorno que les ha sido hostil. En primer lugar, Amy Beach, compositora y pianista originaria de Henniker, New Hampshire, EE.UU., exhibió desde una edad muy temprana un talento excepcional para la música, comparable con el que hizo célebre al mismo Wolfgang Amadeus Mozart.

El talento de Amy como pianista no bastó para que su familia la enviara a un conservatorio europeo, pero sí para que accediera a ponerla bajo la tutela de maestros locales, que a su vez habían estudiado en Europa. Además de unas clases de contrapunto y armonía, Beach no recibió instrucción formal en composición, sino que se formó de manera autodidacta utilizando libros, a la par que iba ganando reconocimiento local como pianista.

Sin embargo, tras su matrimonio en 1885 y por petición de su esposo, el doctor Henry Harris Aubrey Beach, se limitó a tocar solo dos recitales por año sin percibir ninguna ganancia económica por ellos. También se dedicó casi exclusivamente a la composición, apoyada únicamente por los conocimientos que adquirió por su cuenta y firmando simplemente como “Sra. de H.H.A. Beach”. Sus obras más exitosas, la Misa en Mi bemol mayor y la Sinfonía Gaélica¸ fueron compuestas durante este período y estrenadas respectivamente en 1892 y 1896 en la ciudad de Boston. Esta fue la primera sinfonía compuesta y publicada por una mujer estadounidense, y no solo fue un éxito rotundo, sino que le valió el reconocimiento de un grupo de compositores conocido como la Segunda Escuela de Nueva Inglaterra, que tras la inclusión de Beach fue llamado “los seis de Boston”.

 

Ya con una carrera consolidada como compositora en los Estados Unidos, Beach enviudó y visitó Europa, donde gradualmente volvió a ofrecer conciertos de piano y posteriormente a presentar su Sinfonía Gaélica. De ella se dijo entonces que era la primera mujer norteamericana capaz de componer música de calidad europea. Después de esto, Beach se dedicó a la pedagogía de la composición y del piano, así como al liderazgo en organizaciones enfocadas en la educación musical para mujeres, como la Sociedad de Mujeres Compositoras Estadounidenses, de la cual fue la primera presidenta.

Amy Beach. Fotografía: Universidad de New Hampshire.

El segundo caso es el de Florence Price, proveniente de Little Rock, Arkansas, cuya Sinfonía en Mi menor pasó a la historia como la primera sinfonía compuesta por una mujer afroamericana. Al igual que la de Beach, su madre era maestra de música y le brindó el primer empujón para una formación que culminó en un grado con honores en piano y órgano del Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra en Boston, con un certificado de enseñanza. Se desempeñó como maestra y directora del departamento de música de la actual Universidad de Clark Atlanta, y posteriormente pudo realizar estudios formales en composición, orquestación y órgano con profesores locales. De esta manera adquirió conocimientos que le permitieron desenvolverse como compositora de canciones para comerciales de radio y organista de películas mudas, trabajos que complementaron su labor como intérprete y educadora.

Tras un divorcio que le acarreó numerosos problemas financieros, Price presentó su Sinfonía en Mi menor y una sonata para piano a los Premios de la Fundación Wannamaker en 1932, donde su sinfonía se llevó el primer puesto y su sonata el tercero. Este reconocimiento catapultó su carrera como compositora, al otorgarle una visibilidad significativa que desafió el racismo que atravesaba la cultura estadounidense, hasta el punto de pasar a formar parte de la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores.  Su amistad con la contralto Marian Anderson, también afroamericana, permitió la difusión de sus canciones por el país, particularmente después de su histórico concierto en el monumento a Abraham Lincoln, que sería recordado como un acto de resistencia ante la segregación racial que coartaba a los músicos negros.

Florence Price. Fotografía: Colecciones especiales, Bibliotecas de la Universidad de Arkansas.

Nombres como los de Beach y Price emergen de la historia para enriquecer la lista y mostrarnos cómo la expresión artística se ha abierto camino por entre los condicionamientos sociales. En estas historias de vida, la educación formal en conservatorios a la manera europea o el reconocimiento franco por parte de críticos y académicos en Europa pueden resultar secundarios al mérito propio del producto artístico, que pasa a determinarse desde otro lugar. La composición musical desde la periferia también deja un legado en la historia de la música que podemos seguir construyendo a través de montajes, grabaciones y, por supuesto, contando sus historias.

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